Al estilo de psiquiatras Calderón y su par de Argentina diagnostican trastornos sociales

10 Oct

Felipe Calderón no es el único presidente que, sin ser psiquiatra, diagnostica problemas de autoestima a la población que gobierna. El mandatario dio por válida una encuesta que determina que 80 por ciento de los mexicanos padece depresión, angustia o coraje, según una nota de La Jornada. O sea que el ánimo nacional está muy mal y, según el mandatario, la psiquiatría tiene mucho que hacer para resolverlo.

La presidenta de Argentina, Cristina Fernández también se ha valido de este concepto de la psiquiatría para promover su reelección. Un spot difundido en televisión y en redes sociales (que pueden ver más adelante) muestra imágenes de mujeres, hombres, niños argentinos alegres mientras la mandataria recita:

“Cuando un pueblo no tiene alegría ni autoestima es muy fácil dominarlo… para que se pueda cambiar la historia no basta con la voluntad de uno loco o una loca… hacen falta muchos locos más, 40 millones de locos, 40 millones de argentinos dispuestos a seguir cambiando la historia”.

De hecho, cuando menciona que no basta la voluntad de “uno loco” aparece la imagen de Néstor Kirchner, su extinto esposo. Por mensajes como éste la prensa argentina ha señalado que la mandataria abusa del “marketing del luto” .

Quizá este último apunte forme parte del anecdotario de la campaña pero conviene plantearse qué ocurre con los políticos, particularmente con los presidentes, que se asumen como psiquiatras para atribuir trastornos mentales a las sociedades que representan. En el caso de la presidenta de Argentina el asunto va más allá, porque en su mensaje llama a los 40 millones de habitantes a volverse “locos”, ¿estar loco significa apoyarla?

Algunos dirán que se trata sólo de retórica y propaganda política que no tiene más de fondo. Pero detrás de este discurso se puede rastrear la concepción que se tiene desde el poder sobre las causas de la satisfacción o el malestar de la sociedad. Calderón ha sido enfático en responsabilizar a los medios de comunicación de contribuir en moldear una percepción negativa sobre el país y por eso se mostró complacido con Iniciativa México.

Así que es válido preguntarse ¿qué entenderán Felipe Calderón o Cristina Fernández por autoestima?

La autoestima es definida como la autovaloración de uno mismo y de la propia personalidad, de las actitudes y de las habilidades que son los aspectos que constituyen la base de la identidad personal. Abordada desde una visión simplista, casi de manual de superación personal como los que sobran acerca del tema, la autoestima depende fundamentalmente del individuo y menos de los factores externos al mismo.

Desde esa óptica, “la actitud personal incide en la solución de los problemas”, como dijo el presidente en la reunión que sostuvo con directivos de medios de comunicación y en la que prácticamente apadrinó la campaña promovida por radiodifusores del Valle de México empeñados en promover un actitud positiva de la población tal como lo hace el “club de los optimistas” o Iniciativa México, producto de una mancuerna Televisa y Televisión Azteca.

Esto implicaría que desde la perspectiva de presidentes como Calderón y Fernández la solución de los problemas se centra sobre todo en el individuo, en si puede superar o no su complejo de inferioridad, un término acuñado por Alfred Adler, psiquiatra austriaco discípulo disidente de Freud y quien desarrolló su teoría a principios del siglo XIX.

Según Adler la falta de confianza en sí mismo induce a la necesidad de compararse e impide comprender que cada persona es única y diferente y que lo único comparable es el rendimiento.  De acuerdo con él la autoestima se puede aprender mediante técnicas sencillas que consisten en repetirse uno mismo todos los días  frases de autovaloración.

No sabemos si Calderón se basó o no en Adler para hacer su llamado a elevar la autoestima de los mexicanos, pero coincide mucho con su tesis cuando planteó en el mismo encuentro que ¨la psiquiatría general aconseja en cuadros depresivos que la gente, independientemente de sus problemas, se acuerde de algo positivo” (video abajo).

De esa manera, el presidente y los medios de comunicación buscan inyectar ánimo en los mexicanos y parecen dejar en manos de los individuos la responsabilidad sobre la solución de los problemas y dejan de lado los factores externos, esos que precisamente dependen mucho de la acción del gobierno: la situación económica, la violencia, el desempleo, la falta de oportunidades educativas, entre otras.

Sin embargo, la psiquiatría no se quedó en esta visión reduccionista que al parecer usan los políticos al demostrar en diversos estudios efectuados desde hace más de un siglo que los factores sociales influyen en los cuadros depresivos. De hecho, encuestas nacionales de salud aplicadas en España han concluido que quienes reciben menos de 600 euros al mes presentan casi dos veces más probabilidades de sufrir depresión que el resto.

Un estudio de Jennifer Ritsher, publicado por el British Journal of Psychiatry, concluye que los cuadros de depresión más graves están asociados  y determinados por factores socioeconómicos como el peor estado de salud, baja calidad de vida, más desempleo y mayor utilización de servicios de salud.

Caplan, considerado  el padre de la teoría de los aportes, en la que se basan la mayoría de programas de Prevención Psiquiátrica, propuso que para evitar la aparición de trastornos mentales cada persona necesita continuos aportes: los  físicos como alimentación, vivienda, ejercicio, etc; los psicosociales que incluyen la estimulación del desarrollo intelectual y afectivo de la persona y los socioculturales relacionados con las costumbres, los valores de la cultura y la estructura social.

Esto se traduce en que la ausencia de algunos de estos aportes aumenta la vulnerabilidad del individuo, y lo convierte en población de riesgo a padecer depresión, miedo, angustia, todos esos malestares diagnosticados por Calderón a los mexicanos y que, demostrado por los psiquiatras, no se resuelven con spots o canciones optimistas difundidas por los medios de comunicación. Por más que políticos y comunicadores quieran moldear la realidad, ésta se impone.

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